Artículo de opinión de Fernando Pachón Cárdeno.
Este pasado 31 se celebraron las candelas de Santa Marina, una semana después de celebrarse las
candelas de San Fernando en la margen derecha. Ambos actos son el preludio del Carnaval en
nuestra ciudad de Badajoz. Para quien no haya ido a estas fiestas les daré esta breve descripción:
actualmente consiste en la quema en una hoguera de una efigie humana, comúnmente llamada
Marimanta, que es precedida por un espectáculo de percusión ofrecido por distintas comparsas,
agrupaciones musicales. Cuando el fuego empieza, se hace el silencio. El público observa, como
hipnotizado, como se deshacen el Marimanta y su estrado entre pavesas y humos. De un modo
radicalmente distinto, también observa el cuerpo de bomberos de nuestra ciudad, que vela por la
seguridad del disfrute del público. Las llamas pronto alcanzan varios metros de altura, y tan pronto
se apagan dejando solo humos y restos ininteligibles que los bomberos se afanan por apagar de
forma segura. Cuando el espectáculo ígneo ha acabado, el público que sigue en la plaza se da a
comer y beber de manera colectiva, a veces trayendo las cosas directamente de casa, otras
compradas en los puestos que se habilitan en el espacio público y otras, simplemente, yendo a
comprar en las tiendas de las cercanías; a la par que se anima con algunos espectáculos netamente
carnavaleros. Como prefigurante del Carnaval, las candelas se cierran con un botellón aunque de
pequeñas dimensiones y con menos intensidad de lo que se espera en los días gordos.
La fiesta de las candelas, aunque típicamente pacense, es semejante en genealogía y forma a otras
tantas de esta nuestra piel de toro e incluso del resto de Europa. En la misma Extremadura
encontramos festejos similares como en la cacereña Villanueva de la Vera con su Peropalo o los
Judas de algunos pueblos como el pacense casi andaluz Fuentes de León, aunque este se celebre
durante la Semana Santa. Nuestras candelas, aunque carnavalescas y por tanto lúdicas y algo
irreverentes, son actualmente actos solemnes donde el silencio del público contrasta con la algarabía
de las comparsas, contraste que alcanza su clímax cuando el crepitar de la hoguera es lo único que
rompe la noche. En otros lugares, sus festejos semejantes son más ruidosos, violentos e incluso
cómicos: se escenifican procesos judiciales, se linchan las efigies y se celebran sus muertes entre
risas y gritos rabiosos, y no es extraño que éstas representen conceptos, hechos e inclusos personas
sobre las que recae la inquina de la comunidad. Pero más allá de lo que las Candelas y sus formas
comunes nos puedan decir sobre el carácter y naturaleza de la justicia, sobre la concepción de los
ciclos naturales o sobre la compleja historia desde unos orígenes comunes, tal vez lo más
importante sea su aspecto como expresión y configurador de relaciones solidarias vecinales y
comunes.
En Badajoz, como en otros muchos lugares, la organización de estos rituales siempre corrió al cargo
de los vecinos agrupados de manera informal, y no era extraño que hubiese fuegos asociados a
barrios, cofradías y hermandades, incluso a bares y grupos de amigos. Aunque su organización ha
cambiado con el tiempo y hoy participan ayuntamientos y va siendo lo normal que el grueso de la
organización lo lleven las asociaciones vecinales, en cuyas asambleas y espacios se decide sobre la
iconicidad y desarrollo de las fiestas. De hecho, esta ciudad estuvo a punto de perder sus Candelas a
finales del siglo pasado si no hubiera sido por la insistencia de los vecinos de Santa Marina y San
Fernando por conservarlas y protegerlas. A día de hoy, siguen siendo estos barrios los únicos en
llevar a cabo este ritual pese a que en el pasado se extendían por todos los segmentos geográficos y
sociales de la urbe, en una especie de Semana Santa lúdica. Y es que esta clase de conservación no
es obra de una toma de consciente espontánea o de los intentos unilaterales de las burocracias
administrativas, sino que manan de las comunidades siendo ellas mismas, soberanas en su haber: la
reproducción de estos ritos depende sobre todo de que se sigan haciendo a la par que saben
adaptarse a los nuevos tiempos, nos guste más o menos, en una dialéctica irremediable (pero que les
dota de movimiento) entre la conservación de viejas formas legibles pero que amenazan con
fosilizar y vaciar los rituales, y nuevas formas más atractivas y familiares pero que amenazan con
deformar las fiestas hasta lo irreconocible. Por ejemplo, la percusión se ha añadido en los últimos
años a las Candelas, a cargo de las comparsas que no aparecen, en su forma moderna, hasta los 90 y
han llegado a ser emblema hacia fuera de nuestros carnavales. Del mismo modo, el reparto de
comida y bebida ha pasado de las formas descentralizadas, informales y hasta comunales del
botellón traído de casa o las barbacoas públicas, prácticas antimercantilizadoras, a un esquema más
regulado a través de la concesión de barras y puestos.
La historia y práctica de las Candelas es, en su núcleo, historia y práctica de la solidaridad vecinal,
una solidaridad que es horizontal y abierta, que invita al resto de vecinos de la ciudad aunque
vengan de otros barrios. Son los vecinos los que hicieron las fiestas, y son ellos los que aún las
hacen, y no cabe otro remedio, si queremos una fiesta viva, democrática y abierta, que la sigan
haciendo los vecinos en el futuro, profundizando en sus aspectos participativos que hoy parecen
eclipsados por una excesiva espectacularización que amenaza con convertir a los vecinos rituales en
meros espectadores, logrando así enajenar y separar al público de los organizadores, terminando por
vaciar las Candelas de cualquier aspecto popular, sin duda esencia de cualquier carnaval.
En su espacio y tiempo rituales todo el mundo es vecino de San Fernando y de Santa Marina.
Fernando Pachón Cárdeno


