Conocernos mejor: el caso sociolingüístico extremeño

ARTÍCULO DE OPINIÓN DE VÍCTOR RAMOS. FILÓLOGO.

18 años recién cumplidos. Toca coger la mochila y las maletas. Como aquel extremeño del siglo XV que se echó a la mar sin haber tenido nunca mar, o como aquellos extremeños de los años sesenta que cambiaron la tierra seca de la dehesa por la nieve de tierras teutonas y suizas. Parece que al extremeño le acompaña desde hace siglos una especie de condena: marcharse de casa. Aprender demasiado pronto que, para buscarse la vida, muchas veces hay que buscarla lejos de la tierra que te vio nacer. Como si Extremadura fuese una tierra para recordar, pero no siempre para quedarse.

Y cuando uno se marcha, no deja atrás únicamente una casa, una familia o un paisaje. A veces deja también una parte de sí mismo. Incluso la voz. Porque fuera de Extremadura, nuestro acento ha sido, y todavía lo es en determinados contextos, motivo de burla, desprecio o corrección. Hay quien ha aprendido a esconder determinadas palabras, a suavizar las eses, a cambiar la música de sus frases; a neutralizarse. Eso también es glotofobia: rechazar o discriminar a alguien por la manera en que habla. Y quizá lo más triste no sea que alguien se ría de nuestra forma de hablar, sino que consigamos que nosotros mismos terminemos avergonzándonos de ella. Que aprendamos a ocultar la tierra que llevamos en la boca. Como si para encajar hubiera que disimular de dónde venimos; como si nuestra forma de hablar fuese un defecto que corregir y no una parte de aquello que somos.

El extremeño siempre estuvo marcado por la emigración. Por las despedidas. Por las estaciones de tren. Por las maletas. Por las cartas que cruzaban kilómetros. Por pueblos que veían marcharse a sus hijos y por hijos que aprendían a pronunciar el nombre de su pueblo con nostalgia. Por abandonar la tierra y llevarse consigo una parte de su miajón. Y quizá nuestra historia esté llena de cosas que permanecieron delante de nuestros ojos durante siglos sin que supiéramos mirarlas. Tuvieron que venir desde la capital, en especial José Ramón Mélida, para recordarnos que aquello que durante siglos había permanecido oculto bajo las conocidas como Siete Sillas era, en realidad, uno de los mayores tesoros de nuestra tierra y de toda la península: el Teatro Romano de Mérida.

También con nuestra lengua ha ocurrido algo parecido. Hemos tenido delante de nosotros una riqueza que apenas hemos sabido reconocer. Y ahí entramos en el mundo de la filología, de la sociolingüística, de aquello que estudia algo tan aparentemente sencillo y, al mismo tiempo, tan profundo como la forma en que hablamos. Porque hablar no consiste únicamente en juntar palabras. Hablar es también recordar. Es pertenecer. Es nombrar el mundo desde un lugar concreto. Extremadura es mucho más diversa lingüísticamente de lo que muchos de sus propios habitantes conocen. El español es nuestra lengua vehicular, la predominante y la que goza de mayor prestigio. Pero bajo esa aparente uniformidad existe otra Extremadura: una Extremadura que habla con otras palabras, con otras músicas y con otras memorias.

El extremeño, el bellotero de Badajoz y el mangurrino de Cáceres, quizá no sepa que en nuestra tierra conviven distintas realidades lingüísticas, tres de ellas con raíces autóctonas. Está el portugués raiano, que todavía se escucha en distintos puntos de la Raya, junto a nuestro vecino luso, en lugares como Olivenza o Cedillo. Y está el Val del Xálima, el valle del Jálama, un pequeño rincón al norte de Cáceres donde la frontera política parece quedarse corta para explicar la historia. Allí, en Valverde del Fresno, Eljas y San Martín de Trevejo, sobrevive a fala, una lengua de origen galaico-portugués que durante siglos ha formado parte de la vida cotidiana de sus habitantes. Una lengua pequeña en número, pero enorme en memoria. Desde 2001, además, cuenta con la declaración de Bien de Interés Cultural por parte de la Junta de Extremadura, bajo la figura de «Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial».

Y después está el estremeñu. Quizá el más desconocido. Quizá el más desprestigiado. Quizá también uno de los que más han tenido que luchar contra la idea de que hablar diferente significa hablar peor. Una variedad de origen asturleonés, asentada en tierras extremeñas y marcada por la historia del antiguo reino de León. Su presencia se conserva con mayor fuerza en algunas zonas del norte de Extremadura, especialmente en Las Hurdes y otras comarcas septentrionales, aunque su vitalidad cambia mucho de un lugar a otro. En algunos pueblos continúa vivo en la boca de sus hablantes. En otros, apenas quedan palabras. Palabras que quizá parecen pequeñas, pero que guardan dentro siglos enteros.

Porque una lengua no vive únicamente en los diccionarios ni en los estudios filológicos. Vive cuando alguien la habla. Vive en una abuela que llama a su nieto de una manera que ya casi nadie recuerda. En una conversación a la puerta de una casa. En una palabra que solo entiende quien ha nacido allí. En una expresión que sobrevive aunque nadie sepa explicar de dónde viene. Y también vive en los libros. Gabriel y Galán supo recoger en sus versos aquella Extremadura rural que comenzaba a desaparecer. Luis Chamizo convirtió ese sentimiento en «El miajón de los castúos», poniendo palabras a una identidad que durante demasiado tiempo había sido considerada vulgar, inculta o, sencillamente, «mal español». Y quizá ahí esté una de nuestras heridas más profundas: haber aprendido a avergonzarnos de aquello que nos hacía diferentes.

Nos enseñaron que había palabras correctas y palabras incorrectas. Que había acentos que sonaban bien y otros de los que había que desprenderse. Que para hablar bien había que acercarse a otros y alejarse un poco de nosotros mismos. Pero el estremeñu no desapareció. Se quedó. Se quedó en las casas, en los pueblos, en las conversaciones de nuestros mayores y en la memoria de quienes se negaron a dejarlo morir. Y hoy vuelve, poco a poco, a levantar la voz. Lo hace gracias a sus hablantes, a las zonas estremeñu palrantis y al trabajo de instituciones académicas y europeas. Hace seis años, en el marco de la Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias y de las actuaciones de seguimiento del Consejo de Europa, volvió a ponerse sobre la mesa la necesidad de proteger y cuidar el patrimonio lingüístico extremeño, incluido el estremeñu. Otra vez, desde fuera tuvieron que señalarnos algo que estaba dentro. Otra vez alguien tuvo que decirnos: «Mirad. Esto también sois vosotros».

Y, paradójicamente, mientras desde fuera se nos recordaba la necesidad de protegerlo, también desde dentro comenzaron a darse pasos en esa dirección. En noviembre de 2024, la Asamblea de Extremadura aprobó iniciar los trámites para declarar el estremeñu como Bien de Interés Cultural. Un reconocimiento institucional, sí, pero también algo más profundo: la decisión de mirar de frente una parte de nuestra historia que durante demasiado tiempo habíamos dejado en los márgenes.

Y, sin embargo, quizá lo más preocupante no sea únicamente aquello que hemos perdido. Quizá sea aquello que ni siquiera sabemos que tenemos. Podemos pasar una vida entera viviendo en Extremadura sin saber que en nuestra tierra se habla portugués. Sin saber que en el valle del Jálama sobrevive a fala. Sin saber que existe una tradición lingüística asturleonesa que todavía resiste en el norte. Sin preguntarnos por qué nuestros abuelos pronunciaban ciertas palabras de una manera y no de otra. Hemos aprendido a mirar lejos para descubrir quiénes somos. Quizá ha llegado el momento de mirar cerca. De escuchar. De prestar atención a las voces que todavía quedan.

Porque Extremadura no es únicamente una tierra que emigra. No es solamente la tierra de las maletas, de las despedidas, de los trenes que salen y de quienes tuvieron que aprender a decir «mi pueblo» desde cientos de kilómetros de distancia. Extremadura también es una tierra que habla. Habla español. Fala português raiano. Fala a fala. Palra estremeñu. Habla por quienes se fueron y por quienes se quedaron. Y quizá, después de tantos siglos marchándonos para encontrarnos, el primer paso para no seguir perdiendo aquello que nos pertenece sea mucho más sencillo: conocerlo, reconocerlo, escucharlo y, por qué no, empezar a hablarlo.

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